Sentirte bien… ¿Siempre?


IMG_20141130_220731Se acercan las fechas navideñas y ya están todas las luces puestas. Hace semanas que en el comercio se venden turrones y roscones de reyes y ya he escuchado en mi entorno decir “ya están aquí las navidades. No me gustan estas fechas, parece que de repente tenemos que ser todos felices”

Nos suena ¿no? Ese empeño en ser feliz constantemente, presentado cada vez más como una exigencia social.

Las emociones, mal llamadas negativas, como la tristeza, el aburrimiento, el asco, la rabia, deben tener su espacio en nuestro día a día. No se trata de evitarlas ni de magnificarlas, si no de permitirnos sentirlas, aceptarlas, reconocer su origen, integrarlas y seguir adelante con la experiencia que nos ha proporcionado.

Ponernos una máscara de “todo va bien”, puede ayudarnos a corto plazo. En situaciones sociales, en las que me sienta más cómodo/a eligiendo no compartir mi estado de ánimo real o sienta que pueda ser juzgado, como en un entorno laboral. Pero mantener esa máscara puede ser algo agotador. Sentirme mal y no poder compartirlo, porque no “debería sentirme así”.

Será importante tener presente que ser coherente con la emoción que me invade y escucharme, me ayudará mucho más a largo plazo. Somos seres tanto emocionales como racionales. Y a veces, la lógica no entiende de emociones.

Y es ahí donde nos descubrimos pensando…

“No entiendo por qué me siento así, si debería estar bien”.

“No me explico cómo mi pareja ha reaccionado así a este comentario”.

Es difícil si nos enfrentamos desde la lógica y no escuchamos a nuestras emociones, a nuestras sensaciones.

Es más, no sólo escuchemos. Démonos el permiso de sentirnos mal y expresarlo. No somos máquinas, aunque parezcamos cada vez más, seres tecnológicos. Hablemos, lloremos, quejémonos, tengamos un mal día, dos, tres y utilicémoslo para reconocer nuestros fallos, sentimientos, responsabilidades y crecer, desarrollarnos.

En conclusión, nos será más útil adoptar en nuestro día a día,  una postura realista, que nos ayude a alcanzar el bienestar emocional y la consecución de nuestros objetivos vitales, antes que una falsa positiva, irreal. En el equilibrio razón-emoción está la clave.

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